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EBook - Vivre A Puerto Plata

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Capítulo XI
Los Placeres Del Taxi

 

Puesto que no poseo un carro en Puerto Plata, donde yo vivo desde varios años, es normal que yo no tenga los numerosos problemas inherentes al estatuto de automovilista, como la gasolina, la placa, la licencia, el seguro contra accidentes, las multas, las averías, el cambio de aceite, los pinchazos, etc...

Además, he notado que la presencia de un carro en la cochera, constituye una invitación permanente e irresistible a salir cada minuto, y sin motivo serio.

Lo contrario para mí. Dado que no estoy motorizado, yo lo pienso bien antes de salir de casa. Y para hacerlo, tengo a mi disposición decenas de taxis cuyos chóferes tienen una cortesía y una obsequiosidad notorias. Por ejemplo, de regreso del supermercado con uno de ellos, él me lleva amablemente todas mis fundas hasta el comedor. No pueden ustedes imaginar como yo aprecio este servicio tan atento como excepcional.

Hablando de los taxistas de Puerto Plata, les diré que aparte de la urbanidad y la obsequiosidad que tienen todos en común, ellos son grandemente diferentes, por lo que se refiere al comportamiento personal. Si no tienen ustedes inconveniente, les voy a presentar a algunos miembros muy pintorescos de la agrupación.

En primer lugar encontramos al chofer de taxi taciturno, que le da al cliente limosna de su voz sólo al principio de la carrera: Buenos días, señor. ¿Cómo esta usted, y adónde vamos? Y eso es todo. Ni una silaba más saldrá de la boca de este taxista. Si el pasajero trata de romper el silencio, haciendo pequeñas preguntas, el taciturno chofer responderá con una sonrisa discreta o un leve encogimiento de hombros, mientras seguirá mirando fijamente la carretera, a la manera de un caballo provisto de anteojeras.

En cambio se puede pasar de un extremo a otro si, por mala suerte, uno se encuentra a un joven taxista flaco, nervioso, afable, y con una sonrisa maquinal en los labios. En oposición con el precedente chofer, éste no puede pasar sin hablar. Hace preguntas de nunca acabar, y escucha atentamente las respuestas que se le hacen. En resumen, este hombre es una especie de periodista fallido, que ha malogrado su vocación de entrevistador locuaz.

Sin embargo, a favor de este hablador, me he fijado en la fiel memoria que tiene, lo que le vuelve muy simpático. Así es como, recientemente, al montarme en su vehículo, me ha acogido con las dos preguntas siguientes; ¿cómo va la pintura, señor, se ha restablecido la doña de la gripe? Sin duda alguna, él había bien memorizado la conversación que habíamos tenido en el momento de la última carrera.

Naturalmente, hay hablador y hablador. El taxista a quien voy a presentar en seguida, habla mucho, él también, pero de otra forma. Se trata de un señor que se complace en contar sus sinsabores a lo largo del trayecto, pero con acentos tristemente lastimosos. Para empezar, me ha informado de que padece el diabetes, y que esta obligado a ponerse una inyección de insulina diariamente. La esposa suya que tuvo una crisis aguda del hígado, salió del hospital la semana pasada, y su hija mayor sigue andando con muletas, a consecuencia de un terrible accidente de motoconcho.

Es verdad que soy un hombre caritativo, y de mucho aguante, pero estas confidencias sombrías me deprimen, y me hacen perder por un largo rato la acostumbrada alegría de vivir.

Mirándolo bien, me gusta hacer los recorridos en taxi con un chofer que me divierte, como este taxista chiflado por la política. Aquel conductor se deja llevar por las pasiones, ponderando con términos ardientes los meritos de sus ministros y parlamentarios favoritos. Y de un manotazo, este fanático barre a todos los otros políticos, tratando agresivamente a ellos de "sinvergüenza".

Me gusta también encontrarme al señor Fragancia, un taxista especial que se perfuma a ultranza, y cuyo carro huele a lavanda. Este chofer me ha confesado que gasta un cuarto de sus ingresos para la compra de perfumes. Antes de comenzar su día de trabajo, se baña literalmente en agua de olor, y en caso de que necesitaría un retoque en la tarde, tiene en reserva en la guantería del coche algunos frascos de agua de colonia y de perfume.

Para acabar, les presentaré a un taxista extraordinario, único, sin igual. Al montarme en su coche, casi siempre me recuerda que su taxi me pertenece, y que él mismo es mi chofer privado. Por consiguiente, esta totalmente a mi servicio, y quiere absolutamente que yo esté satisfecho de su prestación. Al momento de pagar, si yo le pregunto cuanto yo debo, eso no parece interesarle. "Eso depende de usted, señor, responde este astuto tío. Ya que este carro le pertenece, es usted muy libre de pagarme lo que quiera, lo que pueda.".

Y lo que es más, es él que se encarga de todas mis compras. "Más vale hacer el mudo”, me recomienda a menudo. “Con el terrible acento extranjero que tiene, señor, usted se puede hacer desollar vivo fácilmente”. Y él tiene toda la razón.

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