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Capítulo XII
Ladronfobia

 

En un artículo anterior, les aconsejaba tener cuidado con los ladrones. Hoy, voy a hablarles de aquellos por quienes el miedo a los ladrones raya en la locura. Estas lastimosas personas que sufren de una verdadera psicosis obsesiva, se pasan la vida en esperar angustiosamente la intrusión en sus hogares de un ladrón.

Personalmente conozco a algunos señores que padecen esta “ladrónfobia”. Según los rumores, cada noche ellos tratan de resistir al sueño dentro de lo posible. Parece que desean hallarse en estado de recibir brutalmente al hipotético ladrón, y eventualmente hacer salir pitando a este indeseable visitante nocturno, disparandole una bala de pistola en el trasero.

Ahora, tengamos en consideración el aspecto económico de aquel temor enfermizo a los ladrones. En primer lugar, muchos de estos obsesos hacen levantar alrededor de sus casas una pared ciclópea, coronada por un rollo amenazador y asesuno de alambre de púas. Mencionemos de paso que la locura gastada por esta muy alta pared hubiera sido casi suficiente para la construcción de una casa modesta.

Sin embargo esta obra gigantesca que se parece a unas fortificaciones, no llega a tranquilizar a estos “ladrónfobos”. ¿Quién sabe? En caso de que un vagabundo resuelto, audaz, y temerario conseguiría escalar este cercado aparentemente inexpugnable, hay que impedir a toda costa que él se introduzca en la casa.

Aquí tocamos la categoría más ruinosa de los dispositivos ordinarios de seguridad contra el robo : las numerosas verjas que se colocan delante de todas las puertas y ventanas de la casa, incluso delante de los ventanillos y ojos de buey. La fabricación e instalación de todas estas rejas de hierro forjado resultan casi tan dispendiosas como la construcción de otra casa modesta.

Por supuesto no voy a silenciar el aspecto estético lamentable obtenido por culpa de esas precauciones costosas. Prácticamente todas las viviendas excesivamente provistas de verjas sencillas o complicadas, se han transformado en prisiones inhospitalarias. Al observar bien los ocupantes de una de aquellas casas, sentados en su galería delantera, se puede notar que se parecen a un grupo de personas tristemente encarceladas detrás de unas imponentes verjas.

A este respecto, creo que prefiero la casa de Anselmo, un amigo mío que forma parte de la corporación de los “ladrónfobos”. Su morada no tiene una galería cerrada a semejanza de una jaula de fieras. En compensación, cada puerta de madera se cierra por medio de tres cerraduras y una tranca sujetada con un candado grueso. Al oír tocar el timbre de la casa, mi amigo acude con un increíble manojo de cincuenta llaves, y pierde dos largos minutos antes de encontrar las llaves necesarias. Me creerán ustedes si les digo que Anselmo posee dos perros tan ladradores como mordedores, y un sistema sofisticado de alarma que le costó un montón de dinero.

Sin embargo, pienso que en materia de protección contra los ladrones, debemos tratar de guardar el justo medio. Por un lado, no se debe olvidarse tomar ciertas precauciones inteligentes y útiles. Por otro lado, no se debería caer en el exceso contrario, gastando una fabulosa cantidad de dinero, con el fin de convertir su casa en una ciudadela absolutamente inviolable.

Después de todo, los resultados obtenidos son muy a menudo, más bien relativos. Esto me recuerda el laborioso ritual que observaba meticulosamente mi padre, antes de acostarse. Cada noche, él se pasaba un buen cuarto de hora, colgando varios antirrobo a todas las puertas de la casa. Estos dispositivos de seguridad eran nada más que unas cacerolas, unas escudillas, y toda clase de utensilios de aluminio. Un ladrón que tocaría una de esas puertas, provocaría al punto una caída sonora de estos recipientes-alarmas. Y el pobre insomne que era mi papa, se abalanzaría inmediatamente fuera de la cama.

Ahora bien, resulta que una mañana, al despertarse, mi precavido padre se dio cuenta de que una habitación desocupada de nuestra casa, había sido totalmente desvalijada por un ladrón. Y no obstante, todos los chirimbolos metálicos antirrobo estaban en el mismo lugar, y no se habían movido de un pelo.

Prevenido por un sexto sentido, el bandido que, por supuesto, debía de ser bastante flacucho, se había introducido en la casa, deslizandose en un minúsculo ventanillo insuficientemente enrejado.

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