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EBook - Vivre A Puerto Plata

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Capítulo XIII
Un Domingo Inolvidable

 

Un domingo de septiembre del año 2000, a las once de la mañana, mientras descansaba cómodamente en un banco del Parque Central, vi salir de la Catedral San Felipe una procesión bastante ruidosa. Llegado en la calle, el cortejo fue encuadrado por dos camiones de bomberos, uno por delante, el otro atrás. Una banda de música vibrante, que estaba en medio del grupo, atacó inmediatamente una marcha triunfal, subrayada con platillazos ensordecedores. Después de informarme rápidamente sobre el evento, supe que esta procesión se hacía con motivo del día de Nuestra Señora de las Mercedes, Patrona de los Bomberos de Puerto Plata.

Con el fin de saber el trayecto de este alegre desfile, no lo pensé dos veces. Me confundí con la multitud de los feligreses, y con una devoción y un fervor muy bien fingidos, rompí a caminar resueltamente detrás de la estatua de la Santa Patrona. Para no desfigurar la verdad, tengo que confesarles que, aparte de mi deseo de documentación, había algo más que me atraía: se encontraban en este religioso cortejo decenas de minifaldas muy atractivas, y tanto más sexy cuanto que las puertoplateñas, por regla general, son dotadas de curvas que dejan la boca abierta. Estoy convencido de que mis amigos lectores me perdonarán la lujuria descarada de mis inclinaciones, en este día.

Después de un recorrido de treinta minutos, llegamos al Cuartel General de los Bomberos, una construcción antigua erigida en el año 1930. Como un autómata, me deje conducir por el movimiento de la multitud, hasta el interior de este edificio, donde me encontré en medio de una grandiosa ceremonia.

Recién llegado en Puerto Plata, y no acostumbrado a la rutina de esas fiestas, les aseguro que, a pesar de todo, me conduje con admirable soltura. Primeramente, fui a tomar una silla plegable, igualmente que lo había visto hacer por otras personas, y me instalé próximo al centro de la fiesta: el himno nacional, largos discursos pomposos, reinstalación de la Virgen de las Mercedes en un pequeño altar, etc…

Luego, varios oficiales del cuerpo de bomberos han venido a estrechar la mano a los asistentes, sin duda para agradecerles su amable presencia. Yo también, gocé de las mismas prerrogativas, recibiendo algunos vigorosos y calurosos apretones de manos.

Eran las doce, y con el calor ambiente, empezaba a tener mucha sed. Por desgracia, los dos bomberos que servían refrescos, se habían parado en seco, y con los brazos cruzados, esperaban que los niños dejaran de pelearse y atropellarse, para recibir un vaso.

Tenía demasiado seco el gaznate, para no intentar algo.. Desde lo alto de mis dos metros, con mi acento terrible, me quejé en voz alta:

- Por favor, señor bombero, voy a morirme de sed si no me sirve un refresco ahora mismo.

No tuve que decirlo dos veces. Los dos bomberos soltaron la carcajada, y, en las barbas de todos aquellos que se impacientaban, recibí un gran vaso de soda bien frío.

Que bueno.. Bebí voluptuosamente, y empecé a sentirme bien, en esta reunión simple y relajante.

De repente, vigorosos platillazos repetidos se oyeron, y, al instante, la banda de música atacó los primeros fragmentos de un merengue muy animado. Un corriente de alegría exuberante atravesó la sala, y electrizó la asistencia en sumo grado. Casi todo el mundo se levantó para bailar locamente.

Desgraciadamente fui obligado a largarme, puesto que mi esposa se debía de inquietarse de mi demasiada larga ausencia. Le había prometido volver a casa a las doce, para el almuerzo, y ya eran las dos de la tarde.

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