Claude Dambreville - Official Website

EBook - Vivre A Puerto Plata

English |  Francais |  Español

Capítulo XVII
Mi Amigo Felito

 

Si no me equivoco, Miguel Angel Martínez, alias Felito, es el taxista de más edad de Puerto Plata. Aunque a este chofer curtido no le gusta hablar de su edad, tuve la gran suerte de sonsacar a este amigo de tapujos una información sumamente valiosa, a saber que salió a luz aquí mismo, en esta ciudad, el 26 de noviembre del año 1926.

Por aquellos y aquellas que no ven muy bien de quien se trata, voy a pintar en algunas palabras a este afable y alegre octogenario, y colocarle en su lugar habitual de trabajo.

Digamos en seguida que Felito, el simpático Felito, es tan preciso y regular como un cronómetro. Cada mañana, escrupulosamente a la misma hora, es decir a las siete en punto, este incansable taxista se presenta al Parque Central, manejando su coche de gran cilindrada, un automóvil gris tan largo como un minibús, y desmesuradamente ancho, un carro robusto que, a pesar de sus veinticinco años de existencia, todavía anda bastante bien, salvo que, cuanto más envejece, más aumenta su apetito feroz de gasolina.

Habiendo parqueado su voluminosa y ruinosa herramienta de trabajo en la esquina Duarte-Separación, Felito pone pie en tierra, y va a sentarse en un banco del parque, en espera del primer pasajero.

Felito, un conductor de estatura media, cuyo modo de andar es tan enérgico como él de un hombre de treinta años, parece respirar una felicidad serena. La cara siempre aureolada con una sonrisa amable, la mirada benévola, este trabajador impenitente experimenta un orgullo visible por seguir sirviendo a la comunidad, a pesar de su edad avanzada.

El año pasado, la asociación de taxistas a la cual él había sido afiliado durante mucho tiempo, juzgó que era tiempo por su más viejo miembro que fuera a gozar de un descanso bien merecido. Con este fin, Felito fue jubilado, con una escasa pensión semanal.

“No puedo pararme de trabajar”, me dijo Felito. “Toda mi vida, fui un taxista, y si de repente, me caigo en la inactividad, voy a aburrirme como un loco. Por otra parte, desde que mi esposa se fue al otro mundo, en lo que va de dos años, quedarme a casa durante todo el día, no tiene para mí nada de interesante”.

Por esta razón, el infatigable chofer no logra detenerse en la labor. Trabaja únicamente para distraerse. Una distracción que, en resumidas cuentas, requiere un gran gasto de energía, pues conducir este mastodonte que le sirve de taxi, no es un trabajo muy fácil. Y yo sé bien de lo que yo hablo, dado que soy un pasajero regular y fiel del espacioso y confortable taxi gris de Felito.

Primeramente, les haré notar que, a causa de la estrechez de las calles de Puerto Plata, Felito tiene dificultad para mover su enorme vehículo, sin rozar los carros en estacionamiento, y sin tropezar contra el bordillo de las aceras.

Prudente al extremo y evaluando difícilmente los espacios por donde puede pasar su impresionante máquina, nuestro buen taxista toca la bocina sin tregua y, lo que puede exasperar a los pasajeros un poco presurosos de llegar a destino, conduce con velocidad increíblemente reducida.

Los jóvenes automovilistas que están obligados a seguir esta gran tortuga gris, con motivo de la exigüidad de las calles, a veces explotan de rabia, y sueltan unas palabras bastante irrespetuosas por “este viejo chocho que aminora el tránsito, y haría mejor de irse a acabar su vida en un asilo de ancianos”. Actuando con sabiduría, Felito se hace el sordo y prefiere proseguir tranquilamente con su trabajo.

Hace poco, he encontrado a mi amigo Felito, tristemente sentado en un banco del Parque Central de Puerto Plata.

-¿ Qué pasa ? le pregunté. Pareces preocupado. ¿Tiene el taxi una avería?

- De ningún modo. Anda perfectamente. Pero, dado el precio desorbitado de la gasolina estos días, y considerando la glotonería mas y mas desenfrenada de este cacharro, prefiero dejarlo a casa, para que tome un rato de descanso.

Al pronunciar estas últimas palabras, impregnadas de resignación y abatimiento, Felito aparté la mirada, y con los ojos empañados de lágrimas, se puso a observar los nubes gris que corrían en el cielo.

- Va a llover esta tarde, anunció.

Yo esbocé una sonrisa de compasión, y después de un caluroso apretón de manos, yo me aleje, y le deje solo con su profunda melancolía.

Vuelta al principio

Contenido


Home |  Artwork |  Biography |  Wish List |  Contact |  Privacy Policy |  Site Map


Site designed and maintained by Tao Dambreville

Compare T1 Line price quotes and T1 Connection service from multiple T1 providers with just one click!