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EBook - Vivre A Puerto Plata

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Capítulo IV
La Diosa Botella

 

En Puerto Plata, aquellos a quienes les gusta divertirse, bebiendo, comiendo y bailando son felices de dar rienda suelta a sus inclinaciones cada vez que se presenta una ocasión favorable. En pocas palabras, ellos festejan casi todos los días, porque es casi cada día, desde el primero de enero hasta el treinta y uno de diciembre, que se presenta una ocasión manifiestamente apropiada y absolutamente digna de subrayarse por una pequeña fiesta.

En efecto, los días de celebración son numerosos. Veamos un poco. En primer lugar, los diez primeros días del año entrante, luego los diez últimos días del año saliente. Vienen después el cumpleaños de los héroes de la Independencia, la Proclamación de la Independencia, la Restauración, todas las fiestas religiosas, el cumpleaños de un miembro de la familia, o un amigo, la fiestita de despedida en honor de un pariente, o un amigo a punto de viajar para el extranjero, el reencuentro de un pariente o amigo, luego de una larga estadía fuera del país, la inauguración de una casa, los bautizos, las comuniones, las bodas. Total, que los juerguistas de mi ciudad adoptiva no tienen el tiempo para respirar y trabajar, como hubieran deseado. Muy a menudo, con el único fin de ser agradables para todos y honrar todas estas invitaciones que se les llueven encima de la cabeza, se ven obligados a multiplicarse y volverse más o menos ubicuos.

Les advierto que no quiero decir con eso que la mayor parte de los puertoplateños son unos juerguistas y unos bebedores. Estoy lejos de pensar así. Yo sé que son numerosos aquellos que nunca toman alcohol y aquellos que lo consumen con meritoria moderación.

Dicho eso, voy a darles conocimiento de las observaciones que hice a propósito de los bebedores de esta ciudad. No hay duda que ellos parecen tener una debilidad por la cerveza. Mi excelente amigo Fernando quien, también, adora esta popular bebida espumosa, pretende que la cerveza es refrescante, euforizante, diurética y reconstituyente. Una noche, tuve la posibilidad de averiguar la tesis de Fernando. Una comprobación parcial, por supuesto, porque después de verle tragarse cuatro cervezas, yo no podía saber si le habían decuplado las fuerzas físicas y si la bebida le había aplacado la sed. En cambio, estaba realmente eufórico y la prueba es que cada minuto, soltaba una carcajada homérica que le humedecía los ojos. Por otro lado, la cerveza le había verdaderamente aumentado la diuresis, habida cuenta de la impetuosidad con la cual Fernandito corrió como un descosido para ocultarse detrás de un almendro del Malecón y allí liberar el exceso de líquido.

Sin embargo, lo que mi amigo omitió decirme, es que la cerveza también es soporífica. Hice esta deducción cuando una noche, al no verle llegar a mi casa a las ocho, según lo convenido y no consiguiendo contactarle por teléfono, me fui a su casa para ver si algo le había ocurrido. Pues bien, el pobre hombre estaba hundido en un sueño casi comatoso.

- Tengo la impresión de que se había olvidado completamente que tenía que salir con usted, me explicó una sobrina suya. Empezó a beber esta tarde a las cuatro, y a eso de las siete, no pudo resistirse al sueño.

Bueno, vamos a dejar a Fernando dormir la mona, para reanudar el asunto que tratábamos, a saber, la impresionante cantidad de cervezas que se tragan diariamente los tomadores impenitentes de Puerto Plata. La pasión que profesan estos aficionados a su bebida favorita es tan grande y su fidelidad a este liquido espumoso tan evidente que cualquiera puede abrir de un día para otro un despacho sirviendo cerveza exclusivamente y tener éxito en seguida.

No pretendo que todo el mundo debería ser tan sobrio como yo. Llegado el caso, los cerveceros se verían obligados a reconvertirse. A decir verdad, lo que deseo es que, de vez en cuando y en el momento más inesperado, la policía de tráfico elija al azar algunos automovilistas para la prueba del alcohol. Creo que esta medida haría reflexionar a los choferes bebedores que, a menudo, deben ser los responsables directos de bastantes accidentes graves del tránsito. Si me permití emitir tal suposición, es porque más de una vez he visto a un automovilista pararse frente a un puesto de bebidas, soplarse una cerveza y volver a manejar con la conciencia limpia y tranquila como si acabara de beberse un inofensivo jugo de limón.

Sin embargo si el alcoholtest no es posible por ahora, talvez fuera provechoso que algunas vallas publicitarias muy grandes, muy visibles, y muy legibles fueran colocadas en los lugares más estratégicos de las autopistas. Estas vallas transmitirían el mensaje ya comunicado tantas veces en el mundo entero : "Si manejas, no bebas y si has bebido, no manejes".

Ahora voy a hablar un poco de la parte sobria de la población, o sea, los que, ocasionalmente, suelen tomar una copa, pero únicamente para responder a ciertas exigencias de la vida social. Para distraerse, ¿qué hacen todas estas personas que no experimentan ningún placer, oscureciéndose el cerebro con cerveza, whisky, vino, o cóctel? Bueno, ellos no pierden una ocasión para reunirse en familia o entre amigos.

Desde que yo vivo en Puerto Plata, he participado a varias de esas reuniones y puedo decirles que nunca he visto algo más divertido y más relajante. Ya sea un cumpleaños, o una reunión periódica entre amigos o vecinos, la música está siempre presente, discreta o a todo el volumen, según se desea crear un cierto ambiente suave, o arremolinarse locamente al son de las nuevas bachatas del día. Cuando no bailan, los amigos hablan de todo un poco, picando pinchitos variados.

Finalmente, llega el momento tan esperado: los efluvios excitantes que se escapan de un sancocho caliente y humeante invaden la atmósfera ambiente. Platos, tenedores, y cuchillos se entrechocan. Todo el mundo se agita y la gozosa cena comienza.

El sabor inefable del sancocho, y el calor de los moradores simpáticos, alegres, y fraternales de Puerto Plata, ahí está lo que constituye, entre otras cosas, el encanto de estas fiestas placenteras e informales.

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