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EBook - Vivre A Puerto Plata

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Capítulo V
Tiempo De Sobra

 

Aquí, en Puerto Plata, la gente se toma el tiempo para vivir. El chofer de autobús, por ejemplo, es un señor libre como un pájaro, que no se deja avasallar ni por los pasajeros, ni por el oficio que ejerce. ¿Me creerían ustedes si les digo que en Puerto Plata es frecuente que un conductor de autobús pare su vehículo delante de un colmado, para comprarse un sándwich y un refresco. Acostumbrados a esas pequeñas irregularidades, los pasajeros esperan silenciosamente, sin dejar traslucir ninguna señal de impaciencia.

Últimamente, oí a un chofer de guagua decir a los pasajeros: - "Discúlpenme. Tengo que alejarme un poco del trayecto. Eso no tomará más que dos minutos".

Puesto que nadie pedía la razón de esta decisión, yo también me callé, para no parecer más presuroso de marcharme que todo el mundo. Y, a la inversa de lo que yo pensaba, no se trataba en absoluto de evitar un tramo de carretera en reparación. Nuestro conductor deseaba simplemente llegar hasta su casa, para recibir de mano de su esposa la comida caliente que se comería durante la próxima pausa. Una vez más, ningún pasajero se consideró perjudicado en sus derechos. Y como si nada, el chofer volvió alegremente al recorrido regular, sin duda vigorizado con el pensamiento puesto en la deliciosa sopa humeante que iba a saborear.

¿Saben ustedes que estos mismos conductores desenvueltos, a veces dan muestras de abnegación verdaderamente sublime? Como prueba de lo que afirmo, les hablaré de este chofer bondadoso y servicial que actuó en mi presencia, de modo admirable y digno de elogios. Le vi bajarse del autobús, para ayudar a una anciana impotente, la cual deseaba cruzar la calle. Después de detener el tráfico, haciendo una señal autoritaria con la mano, nuestro buen Samaritano se acercó a la viejecita, le dio el brazo y, despacio, la acompañó en la acera de enfrente. Luego, sin apresurarse, volvió en su vehículo para proseguir su trabajo.

Les hablé largamente de los autobuses por la simple razón que tuve la oportunidad de utilizarlos a menudo y de estudiar detenidamente el comportamiento de los pasajeros, de los conductores y de los cobradores. Yo utilicé mucho menos los carros públicos, es decir, estos automóviles que, frecuentemente, consiguen transportar diez personas a la vez. Yo sé que esta proeza es apenas creíble. En efecto, como admitir, si uno no ha sido testigo ocular, que un carro construido para transportar tres personas en la parte trasera, y dos en la parte delantera, pueda doblar así su capacidad, por simple decisión de un chofer deseoso de ganar más dinero.

Una mañana, habiendo detenido uno de esos vehículos, una rápida mirada me permitió ver que este carro estaba ya sobrecargado.

- "No hay sitio para mí", yo dije al chofer.

Éste hizo una señal de impaciencia con la mano y me preguntó con tono brusco :

- "¿Quiere un carro, si o no?"
- "Sí, pero ¿dónde voy a sentarme ?"

Reventando de rabia, el conductor pivotó nerviosamente en su asiento, y sin más miramientos, se puso a reñir a los cuatro pasajeros de la parte trasera, para forzarles a que se apretaran a más no poder. Consiguieron crearme un minúsculo sitio, donde pude sentarme muy incómodamente.

- "¿Como lo ve usted, señor?", exultó el irresponsable chofer, siempre hay sitio cuando se pone un poco de buena voluntad.

A pesar de la increíble incomodidad de esos carros públicos, siempre están atestados. Son numerosas las personas que se ven obligadas a utilizar este medio de transporte. Mediante algunos pesos escasos, esos vehículos que a menudo bambolean, permiten a los usuarios que recorran distancias bastante largas.

Yo di la callada por respuesta y la pequeña frase de mi amigo Gregorio me vino a la mente : " Si quieres ser feliz en Puerto Plata, no trates de cambiar a los puertoplateños".

Otro punto no desdeñable. Aunque está siempre sonriente, afable, y simpática, la gente de esta ciudad, salvo algunas excepciones, tiene más bien tendencia a no respetar la hora fijada por una cita. Por eso, uno no debe extrañarse de ver a una persona llegar en un lugar convenido al mediodía, mientras estaba esperada desde las ocho de la mañana. Además, no es raro que se le de resueltamente un plantón.

En esos casos, hay que guardar la calma. Bajo ningún pretexto, no se debe abandonarse hasta decir invectivas a “este Fulano inconsciente y poco fiable”. Aquella persona le hizo perder un día entero, esperandola, mientras que hubiera usted podido salir, para arreglar algunos asuntos importantes.

No importa. No vale la pena quemarse la sangre para tanta poca cosa. De todas formas, su interlocutor culpable le echaría una mirada serena y de ningún modo contrita. A decir verdad, él no se da cuenta de la razón de vivir con esta trepidación inútil. Él tiene todo el tiempo, y saborea voluptuosamente la vida.

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