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EBook - Vivre A Puerto Plata

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Capítulo VI
¡Cuidado Con Los Ladrones!

 

Hace poco, en la calle Separación, estuve a punto de hacerme atracar. Eran las tres y pico de la tarde, andaba apaciblemente, teniendo descuidadamente en la mano un sobre blanco. Sin sospecharme en absoluto de que este sobre lleno de facturas y otros papeles sin importancia, hubiera podido atizar la rapacidad de los ladrones y carteristas, yo deambulaba serenamente, observando con ojo distraído las hermosas casas antiguas de Puerto Plata.

De repente, un joven motorista que pensaba sin duda que había algún dinero en mi sobre, se detuvo cerca de mí, se bajó prontamente del vehículo, y me soltó un “oye” tan sonoro como descortés. Yo me paré en seco, y con aire desconfiado, fijé los ojos en él. Mirando mi sobre de soslayo, con el fin de adivinar el contenido, el hombre me preguntó en voz bastante gritona:

Caballero, ¿sabe usted donde está el local del Partido Revolucionario?

Por mala suerte, la calle estaba casi desierta, y el muchacho podía fácilmente quitarme el sobre de la mano, y además robarme la cartera, sin preocuparse de las escasas personas que le podían ver.

Rápidamente yo puse cara de circunstancias antes de contestar con voz cuatro veces más gritona que la del joven motorista:

No, no, y no. No se nada. Pregunte a otro.

Me creerán ustedes si les digo que, con mi vociferación, con la barba en desorden, y la mirada de intento extraviada, logré obtener el resultado deseado: el atracador volvió precipitadamente a su moto, y se alejó sin decir nada. Apuesto mucho que este ratero frustrado me había tomado por un loco furioso y violento, recién escapado de un hospital psiquiátrico.

Aprovecho la ocasión para recomendar a los moradores de esta ciudad sean más prudentes. Ayer mismo, haciendo fila en una oficina para pagar una factura, he visto a alguien salir del bolsillo un espeso fajo de billetes que, con todo candor, él se puso a contar. No se si este hombre trataba de impresionar a una preciosa mujer de la fila, o si quería simplemente suputar los gastos que iba a hacer. Sin embargo, sea lo que sea, estoy seguro de que este caballero ha cometido una imprudencia grave, al dar a conocer a todos aquellos que le observaban, que él tenía en el bolsillo un paquete muy decente de pesos.

Esta actitud insensata y aberrante hubiera podido atraerle muchos problemas. Uno de los testigos de su grotesca exhibición de dinero pudiera agredirle en una calle de poco tránsito, con objeto de mangarle la totalidad de sus billetes.

En resumen, en lo posible, debemos tener cuidado con no tentar a los bandidos. A veces, sin que nos demos cuenta, somos nosotros los que les inspiran su más próximo atraco, poniendo ingenuamente a la vista demasiado dinero. A ese respecto he notado que la mayoría de los cajeros y cajeras de Puerto Plata se creen invulnerables e inatacables, con motivo de la presencia protectora, a dos o tres metros de sus cajas, de un vigilante armado con una escopeta.

Frecuentemente, con la más grande desenvoltura, estos cajeros y cajeras hacen sus cuentas en las barbas de los clientes. Tienen delante de ellos un montículo de billetes que manipulan con toda tranquilidad. Olvidan que la ocasión hace al ladrón. El espectáculo sorprendente de todo este dinero puede dar unas ideas muy atrevidas a un joven parado desesperado, por ejemplo. Turbado por este montón de pesos, este joven parado puede volver con unos amigos delincuentes. Y, como esto ya se ha visto más de una vez, estos bandidos no vacilarán en matar al vigilante, antes de pasar a la acción. De lo cual se deduce que, a veces, la protección de un vigilante se revela sencillamente ilusoria, o mejor dicho incompleta.

Antes de poner término a este artículo, quiero hablar sucintamente de una clase de ladrones que acabo de descubrir: “Los rateros de hospital”. Esta ralea astuta se introduce en las habitaciones hospitalarias, supuestamente para informarse sobre el estado de los enfermos. Pero, muy a menudo encuentran a todo el mundo durmiendo a pierna suelta: el paciente así como los parientes cansados que están a su cabecera.

No queda ya más que cargar con las dos o tres carteras que siempre andan rodando por encima de un canapé o una mesilla.

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