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Capítulo VII
Paralelo Divertido

 

Se dice que la gente de edad madura tiene una debilidad por las comparaciones. Es tan verdad que, muy a menudo, yo me percato de que estoy estableciendo diferencias entre costumbres del pasado y costumbres del presente, entre las prácticas de antaño y aquellas de hoy en día, entre el coste de vida de ayer y aquel de ahora. En realidad, debo admitir que estas comparaciones me divierten un poco, aunque, en el fondo, ellas traducen un evidente envejecimiento.

Una persona que se queja continuamente de ciertos aspectos de la vida moderna, y se refugia blandamente en la vida pasada, esto es totalmente absurdo, incluso tonto. Pero, antes de conformarme con poner término a esas comparaciones inútiles, me voy a hacer la última de la serie, hablándoles de los muchachitos de esta ciudad.

Pensándolo bien, yo me di cuenta que la placentera pequeña vida de estos niños esta muy alejada de la existencia austera que yo llevaba cuando tenía su edad, es decir 8, 9, 10, 11, o 12 años. Es comprensible, me dirán ustedes, el mundo ha dado un salto vertiginoso.

Todas estas invenciones recientes, y todos estos juegos del último grito que están al alcance de los chiquillos de hoy, a ellos les han modificado agradablemente la vida.

Veamos como las cosas pasaban para mí, por ejemplo al salir de la escuela, en la época de mi niñez. Llegado en casa, respiraba un poco y me comía algo. Luego yo me quitaba los vestidos y los zapatos de la escuela, yo me ponía cómodo, y sin perder mucho tiempo, empezaba a hacer los ejercicios y a estudiar las lecciones del día.

Habiendo terminado las tareas escolares, leía con mucho placer el libro alquilado a la biblioteca de la escuela. Después de una hora de instructiva lectura, buscaba otra cosa que hacer, como dibujar o ejercitarme la paciencia con un rompecabezas. Mencionemos que, en los tiempos de mi infancia no había ni televisión ni juegos de video. En resumen, me era permitido divertirme como pudiera, pero sin dejar la casa. Ir a jugar en la calle o a casa de un amigo, mis padres me lo permitían solamente en los fines de semana.

Como lo van a notar ustedes, los muchachitos de aquí viven hoy según un patrón muy distinto, probablemente inspirado por el modernismo. De regreso de la escuela, el pequeño puertoplateño tira la mochila de libros dondequiera, y se precipita en la calle, donde ya le están esperando una decena de amigos tan desocupados como él. Para rellenar todo este tiempo libre que tienen a su disposición, estos chiquillos empiezan por agarrar una bicicleta, e incansablemente, van y vienen por la calle, más de mil veces.

Bañados en sudor, abandonan el vehículo en cualquier acera, y, sin transición, van a pasar unos largos momentos en la compañía de los muñequitos corredores, saltadores, y volteadores de un "playstation". Cuando finalmente, estén cansados de no moverse, por unanimidad, deciden salir en la calle de nuevo, para hacer una partida estupenda de béisbol. Provistos de guantes, bates, gorras, y pelotas, nuestros campeones en cierne van a agotarse en la calzada durante dos o tres horas, jugando con seriedad y profesionalismo.

A propósito de béisbol, sin duda voy a sorprender a mis lectores, informándoles de que las partidas que se juegan en mi calle, nos mantienen en buena salud, a mi esposa y a mí. De vez en cuando, la pelota viene a caer en nuestro patio delantero, y sin el menor complejo frente a los dos ancianos que somos, y sin piedad por nuestras articulaciones oxidadas, uno de los peloteros toca valientemente el timbre de nuestra barrera, y nos pide amablemente ir a buscarle la pelota.

Hacer los recogepelotas a nuestra edad, de seguro es un ejercicio bastante nefasto para nuestras espaldas, pero en cambio tal vez deba hacer buen provecho a nuestro sistema cardiovascular.

En resumidas cuentas, a la vista de todas estas horas de diversiones locas de las cuales gozan los chiquillos de aquí, al salir de la escuela, no sé si realmente tienen unos deberes de casa que hacer, o si ellos los desatiendan de intento, con riesgo de ganarse más tarde unos ceros a patadas.

Y antes de poner el punto final a este capítulo, sin parecer demasiado sermoneador o moralizador, pienso que es realmente lástima que los muchachitos de esta ciudad no empiecen muy temprano a interesarse por la lectura. Hay tantos libros maravillosos destinados al público infantil. Y además, si ellos se hubieran iniciado a este pasatiempo encantador, no cabe duda que hubieran podido conceder menos tiempo a la bicicleta y al béisbol, aunque este último juego pueda conducirles un buen día en un camino mirífico pavimentado con dólares.

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