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Capítulo VIII
Me Asustan Los Perros

 

Cada mañana, en el momento preciso en que el sueño está más voluptuoso, mi esposa y yo dejamos nuestra cama mullida, para ir a caminar. Respiramos a todos pulmones un aire fresco y perfumado con el olor de mil flores. En los jardines esplendidos y las malezas, se pueden ver por todas partes gotas perladas de rocío, burlandose de los primeros rayos tibios de un sol todavía adormecido. En resumen, nuestro paseo cotidiano hubiera podido aparentar un placer de los más envidiables, si no deberíamos encontrarnos con todos estos perros.

Para empezar, apenas hemos dado algunos pasos en la calle, cuando estamos acogidos, como de costumbre, con los ladridos roncos, furiosos, y desagradables de un perro gordo, amenazador, y feroz.

Según reza el refrán, perro ladrador poco mordedor. Pues bien! Este dicho debe ponerse en duda. Una vez, diez minutos después de escaparse de la casa de su dueño, este terror ladrador volvió de su fuga con una bolita de pelo en la boca. Este botín de caza no era nada menos que el chihuahua negro y bien vivo de un vecino mío. Al poco rato este perrillo desgraciado iba a proporcionar una apetitosa comida cruda al malvado predador que lo había capturado.

Sin embargo, dejemos a un lado este moloso cruel, para hablar de los numerosos perros callejeros con los cuales nos cruzamos durante nuestro paseo matutino.

En primer lugar, les informaré que, a menudo, a la vuelta de una calle nos encontramos con una perra en celo, hostigada por una jauría de pretendientes delgados, sobreexcitados, y husmeadores. En principio, estos animales son más bien inofensivos, por la simple razón que no les interesan los peatones. No obstante, para no provocarlos, juzgamos preferible dejarlos el tramo de acera sobre lo cual se desquitaban, para ir a pisar el firme.

El encuentro con esos perros me recuerda que un perro, cuyo dueño no le permite salir de la casa, ha descubierto un procedimiento genial para dar rienda suelta a sus instintos: ha puesto sus miradas en un osito de peluche que él considera como su compañera favorita. Muchas veces al día, y en una postura significativa, el perro trata de darle al juguete una prueba convincente de su ardiente amor.

Luego, hay el perrito de casta buena y pura, bien limpio, bien peinado y muy vivaracho. Este animalito se echa frenéticamente encima de todos los transeúntes, pero sin la más mínima intención de morderles. Esto no impide que este acceso súbito de amistad siempre me hace sobresaltar, y me pone la carne de gallina.

No olvidemos de mencionar los perros sarnosos, viejos, débiles o famélicos. Tendidos en la acera, como en el lecho de muerte, que no tienen siquiera la fuerza de levantarse para comer o beber por la supervivencia.

En realidad, el más molesto de todos los perros vagabundos, es indiscutiblemente él que se busca un dueño y que, a la vista del primero que llega, empieza a mover la cola con frenesí. Este perro se pega a los pasos como una lapa, y a pesar de las protestas enérgicas, este amigo repentino rompe a lamerle los ruedos del pantalón, y le acompaña hasta la casa. Con el fin de cargarse a este pelmazo, estará uno obligado a recurrir a toda clase de estratagemas.

Para poner término a este capítulo canino, les confesaré humildemente que tengo mucho miedo a los perros. Un miedo cerval y francamente enfermizo. Y, lo que no arregla las cosas, he notado que, la mayoría de las veces, cuando un perro visiblemente amenazador le significa claramente a un peatón que quisiera desgarrarle las pantorrillas, siempre surge alguien, con unas palabras falsamente tranquilizadoras en la boca:

“No tenga miedo. No es un perro malo. No le va a morder.”

Muy bien, señor. Muchas gracias, señora.

De todas maneras, para que los peatones gocen de una seguridad absoluta, cuando caminen en las aceras, estoy persuadido que los servicios responsables que, por supuesto, poseen unas perreras, reiniciarán muy pronto la recogida de esos numerosos perros callejeros que frecuentan asiduamente las calles de esta agradable ciudad de Puerto Plata, donde es grato vivir.

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