Claude Dambreville - Official Website

EBook - Vivre A Puerto Plata

English |  Francais |  Español

Capítulo IX
Los Moto-Taxis O Motoconchos

 

Una mañana, alrededor de las seis, cuando estábamos recién llegados en Puerto Plata, decidimos mi esposa y yo acudir a pie al Mercado Municipal. Después de una caminata alegre de media hora, llegamos a nuestro destino y con mucho placer nos abastecimos de verduras y frutas. Por supuesto, los vendedores habían desollado vivos a estos dos extranjeros inexpertos que éramos en esa época. Sin embargo, despreocupados como dos alumnos de vacaciones y ocupados en descubrir el encanto de Puerto Plata, nos importaba poco que pagáramos una centena de pesos de más por nuestras compras.

Los brazos cargados de cuatro fundas pesadas, no tardamos nada en darnos cuenta que nos sería muy penoso volver a pie. Ahora bien, no había ningún taxi a la vista, y estábamos en la imposibilidad de llamar uno, dado que, recién llegados en esta ciudad, todavía no teníamos un celular. ¿Qué hacer? Varios motoconchistas se acercaron a nosotros para proponernos sus servicios, pero teníamos un miedo terrible a este medio de locomoción.

Después de una interminable y vana espera, después de un largo momento de vacilación, resolví a liarme la manta a la cabeza.

- No hay treinta y seis soluciones, dije a mi esposa. Vamos a tomar un motoconcho.

- ¡Nunca! replicó ella, alzando la voz un poco. Es el más peligroso medio de transporte que existe. Cada día estas motocicletas son responsables de varios accidentes mortales de circulación.

No insistí, porque, en el fondo, ella tenía razón. No obstante, al cabo de algunos minutos, un motoconchista resuelto vino a pararse delante de nosotros. El hombre tenía mucha labia , y no le hizo falta más de un minuto para ablandar a mi intratable esposa.

- Es la primera vez que vamos a tomar un motoconcho, advirtió la virtual pasajera. Usted tendrá que ir muy despacio.

- Tranquila, mi amor, todo saldrá bien.

Y después de esas palabras de aplacamiento, empezó el embarque a bordo del pequeño vehículo.

- ¿Crees tu que vamos a conseguirlo? Yo pregunté con una voz incrédula.

- Yo me lo pregunto también, contestó mi esposa.

Esta última no es obesa. Ni mucho menos. Pero tampoco es una persona minúscula. Tiene proporciones bastante respetables. En cuanto a mí, por si acaso no lo saben ustedes, tengo las piernas desmesuradamente largas…Y para colmo de incomodidad, el motoconchista era un tipo rechoncho y forzudo, con un barrigón lleno de cerveza. Parecía casi imposible hacer caber en esta débil motocicleta el motoconchista, mi esposa, yo mismo, y nuestras fundas pesadas.

- ¿Qué voy a hacer con mis fundas? Preguntó mi esposa, en tono inquieto.

- Dámelas, decidió el voluminoso motociclista, aplastándolas entre el guía y su enorme vientre.

Mi mujer estaba lívida, en el momento de apoyarse en mi brazo, para montar a horcajadas en la motocicleta. Noté que ella tenía las manos heladas de miedo.

Durante todo el trayecto que duró una eternidad, puesto que el motoconchista había recibido el orden de rodar a velocidad reducida, mi cariñosa esposa mantuvo los ojos cerrados e hizo oír sin respiro gemidos llenos de temor.

El motociclista no daba crédito a sus ojos y subrayaba cada lamentación de su miedosa pasajera con una carcajada fragosa.

- Doña, usted es un caso especial, gritó el gordo motoconchista. Cada día yo transporto a ancianas de más de ochenta años y siempre están cómodas.

Con respecto a mí, no tenía miedo. Sólo estaba un poco crispado, y tenía mucho cuidado con no caerme en la calzada, pues tenía la desagradable impresión de que mi trasero estaba en el vacío.

Finalmente llegamos en casa.

- ¡ Alabado sea Dios! Exclamó mi mujer, con alivio. Gracias, Señor, estamos vivos.

El gordo se desternilló tanto de risa, que se le humedecieron los ojos. La exclamación de su asustadiza pasajera le alegró sumamente y no pudo pasar sin repetirla dos veces, en tono jovial : “Gracias Señor, estamos vivos”.

Yo sé que la mayoría de los puertoplateños, en calidad de usuarios regulares de los motoconchos, se asombrarán de que este trayecto banal en motocicleta nos hubiera causado tanta inquietud. Bueno, la única explicación plausible que yo puedo darles, es que aquí la gente se acostumbra al motoconcho desde la primera infancia. Sin embargo, para nosotros, dos adultos en la fuerza de la edad, el hecho de montar por la primera vez a horcajadas en este vehículo reputado por ser peligroso y asesino, era una decisión grave que tomábamos a costa de nuestra vida.

A pesar de ser una gran segadora de vidas humanas, es este modo de transporte que utilizan más los puertoplateños que no poseen un carro. Todo el mundo se mueve en motoconcho: niños, ancianos, mujeres embarazadas, jóvenes madres con su bebé en brazos, minusválidos, etc. Una vez, he visto pasar en un motoconcho a una chica que, aparentemente, acababa justo de dejar el hospital donde se hacía curar. Llevaba una camisa de dormir rosa, y con el brazo derecho levantado hacia el cielo, seguía tomando su suero.

Por otro lado, se puede decir que el motoconchista de Puerto Plata es maestro consumado en el arte de transportar cualquier carga embarazosa en su pequeño vehículo: colchón, escalera, sillón, gran cilindro de gas, funda de cemento, largas varillas de hierro, etc.

Vuelta al principio

Contenido


Home |  Artwork |  Biography |  Wish List |  Contact |  Privacy Policy |  Site Map


Site designed and maintained by Tao Dambreville

Compare T1 Line price quotes and T1 Connection service from multiple T1 providers with just one click!